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CALLES ESTRECHAS: RoCK 'N' ROLL TRAIN

¡ Miguel, qué buena pinta tiene ésto !

illana bengoa

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Tu programa de radio por internet y mucho más
07 September

VUELVEN UNOS VIEJOS AMIGOS

 
 
 
 
Angus
 
AC/DC - Rock 'n' Roll Train
 

One hot angel
One cool devil
You’re my only fantasy
Living on the ecstasy
Give it all give it
Give it what you got
Come on give it all the lot
Pick it up and move it
Give it to the spot
You’re my only fantasy
Living on ecstasy

Runaway Train
Running right off the track

One hot renegade
Old school rebel
A chance for the revelry
Jamming up the agency
Shake it, take it
Take it to the spot
You know she make it really hot
Get it on give it up
Come on give it all you got
You’re my own fantasy
Living on the ecstasy

Runaway Train
Running right off the track

One hot southern belle
Son of a devil
A schoolboy spelling bee
A schoolgirl in your fantasy
One hot renegade
Old school rebel
To turn on the revelry
Jamming up the agency
Shake it, take it
Take it to the spot
You know she make it really hot
Give it all, give it up
Come on give it what you got
You know she’s just a nightcap

Runaway Train
(She’s going off the track)
Running right off the track

07 August

CUENTOS DE VACACIONES

                                         

       

infierno

 

                                                         

 

 

                                                 BASTA CON DESENCHUFAR

 

            Cuando el conductor se giró para mirarnos a los niños, María, la gordita que tenía a mi lado aquella mañana, se puso a chillar histérica. El tipo sonreía ajeno a que el autobús diera bandazos de una cuneta a otra, igual que un peón.

            Bajo la gorra del hombre estaba la causa de los gritos de mi compañera. ¡Había cambiado!. Y recordé en un flashazo una foto que vi en la carpeta del instituto de mi hermano mayor. Era un zombie de "La Noche de los Muertos Vivientes", creo. Pero no grité, ni nada. Me quedé quieto, eso sí, por la inercia de la velocidad, observando con detalle la "máscara" del conductor. Sin embargo, el gusano que le bajaba por las cuerdas vocales camino del nudo de la corbata, no parecía de broma. Quizá nada lo fuese, y el tipo se habría convertido de veras en un cadáver andante.

            Entonces empezó a cantar... "Hoy nadie llegará a tiempo al cole, la-ra, la-ra, la-ra. La maestra se va a cabrear, la-ra, la-ra. Y con su regla de madera el culo rojo os pondrá, la -ra, la-ra, la-raaaaaaa"...

            Todos los niños chillaban menos yo. Y no por que fuese especialmente valiente, ¡qué va!; me hice pis en los pantalones viendo King-Kong y duermo mal desde entonces. No tenía tiempo para berrear pues miraba sin dar crédito ciertos detalles. Por ejemplo, la aguja de la velocidad girando como loca en el salpicadero; y también el cuenta-revoluciones..., aunque al revés que las agujas del reloj. Entre tanto, ascendía por el tablero la lombriz más larga que había visto en toda mi vida. Luego las manos esqueletizadas del conductor, aferradas a la podrida funda del volante como si los huesos del muerto la hubiesen descompuesto de repente. Y más abajo, junto a la palanca de cambios, un pequeño ejército de ratoncitos grises iban de un lado a otro, deseando roerles a los niños los cordones de sus zapatos (o puede que algo más si se daban prisa).

            Cuando volví a mirar a María, se había desmayado. Su cabeza de bucles rubios le colgaba sobre el hombro izquierdo, lejos del respaldo de su asiento. Al otro lado, Fernando, el que mejor jugaba al fútbol de la clase, se tapaba los ojos con las manos; pensé que estaría cagado de miedo y me recordó a mi abuela que siempre se tapa la cara en las películas de terror. En realidad se los sacudía. Unos insectos se le querían meter en los ojos. Marta y Javi sufrían igual con esos bichos.

            La velocidad aumentaba. El conductor reía sin parar, aplaudía incluso, disfrutando de nuestro espanto. Y cuanto mejor lo pasaba, más pisaba el acelerador.

            Escuché algo a mi espalda, en el pasillo del autocar. Me giré y vi a una niña tirada, pataleando, y tapándose el rostro.

 

            -¡Mirad sus ojos! - nos alertó Susana, la pelota del grupo -.

 

            Los insectos habían alcanzado su objetivo. Le bajaban dos lagrimones de sangre por los amoratados carrillos.

 

            Entonces sí me puse a llorar y chillé, mirando al cristal del retrovisor. El monstruo clavó sus ojos en los míos y volvió a sonreír, encogiendo los pocos músculos que aún se tensaban en su cara de espantapájaros consumido.

 

                                                                        ***

 

            Poco a poco, el paisaje fue mutando con la velocidad. La carretera desapareció, las señales de tráfico, los árboles de la cuneta y las nubes del cielo también. ¡Hasta el sol!. Todo se transformó. Una especie de niebla color ceniza fue descendiendo sobre nosotros hasta ya no verse nada.

            Creo que María no se había desmayado. Estaba fría, demasiado fría. Susana, la del pasillo, llevaba un rato muerta, y otros niños también se quedaron quietos y muy pálidos. La temperatura había descendido de pronto, quizá porque sus almas revoloteaban por el techo metálico del autocar, buscando el agujero que les abriese el camino del más allá.

            Lo peor era el silencio. Todos nos habíamos callado. Fernando consiguió finalmente librarse de las moscas pero no movía un dedo. Detrás suyo, Marcial se encogía en el asiento como un muelle, con los pies desnudos. Los ratones le comieron los zapatos, los calcetines y, por las gotitas de sangre, se habían llevado alguna cosa más.

            Sentí un cosquilleo en la nuca, como cuando alguien te está observando por la espalda. Me volví y, efectivamente, Nadia me miraba de reojo. En otra circunstancia, cualquier otro día, eso me habría hecho sentir muy bien, ya que Nadia es la niña más guapa de la clase, pero en ese momento casi logró que sintiese aún más miedo. ¿Qué le ocurría?. Sus labios temblaron. Quería hablar, aunque me imaginé que el pavor la agarrotaba.

 

            -¿Qué...está,...está...pa..., pasando?.

 

            Entonces el autocar tomó una curva muy pronunciada a toda pastilla y Nadia cayó sobre su asiento, golpeándose la nuca contra el reposacabezas. Por suerte yo iba todo el camino agarrado del posamanos pero, aún así, me lastimé mucho las muñecas.

            La niebla ceniza lo llenaba todo tras el cristal de la ventana; sólo se intuían unas extrañas formas (eso sí, muy grandes), que de cuando en cuando cruzaban a endiablada velocidad sobre el autocar. Una de las veces me pareció, incluso, como si una de esas "cosas" lanzase su aliento contra mi cristal, aunque fue tan rápido que ni siquiera me alarmé.

            De nuevo el autocar se enderezó. Busqué a Nadia con la mirada pero debía estar demasiado aletargada en su asiento. Los otros niños también permanecían sentados, con los ojos perdidos, como hipnotizados por uno de esos magos de la tele al que se le hubiera olvidado despertarlos. Parecía que sólo yo siguiera despierto. O tal vez no.

            Menos mal que el conductor dejó aquellas espantosas carcajadas. Quizá por la niebla pues debía agudizar su atención y... ¡Qué va!. ¡El tipo había cerrado el pico entre otras cosas porque ya no estaba allí!.

 

            ¿Cómo era posible...?. ¡El autocar se conducía solo!. ¿Cuándo se habría marchado si casi no le quité el ojo de encima?.

            Vaya unas preguntas. Un cadáver conduciendo, insectos, otras alimañas surgidas de la nada,  y una niebla sorprendente como en las películas esas de holocaustos nucleares.

 

                                                                        ***

           

            Al principio se presentó sólo como un punto luminoso en la lejanía. Después creció, mientras la niebla iba abriéndose, al fin, permitiéndonos atisbar un poco en el horizonte. Conseguí adivinar entonces qué eran las masas obscuras que nos sobrevolaban en el exterior. No me equivoqué. ¡Ahumaban con su aliento los cristales!.

            Enormes, con unas fosas nasales por donde seguro cabrían nuestras cabezas. La envergadura de sus alas superaba sin duda el tamaño del autocar. A pesar de ello, ninguno de los niños chillamos (los que aún seguíamos vivos), quizá porque nos resultaban vagamente familiares.

 

            DRAGONES.

 

            Uno de los "más pequeños", curiosamente, llevaba la voz cantante. El autocar fue disminuyendo la velocidad hasta ponerse frente a él. Abrió sus alas con pretensión de abrazar al vehículo, y pegando su hocico al parabrisas, sentenció:

 

            -¡Lo has conseguido, baby!. ¡A ver cómo te portas ahora!.

 

            Sus bestiales ojos verdes, iridiscentes y escrutadores, lo llenaban todo. Eran dos lagos de fuego en los que nos podríamos derretir en un suspiro. Tenían el poder de hipnotizar, de adueñarse de las más férreas voluntades. Aunque tras ellos había algo más.

            Ya no pude soportarlo. Grité y grité hasta que mi garganta se congeló, llamando a mi madre.

 

            Mamá estaba detrás del dragón.

 

                                                                        ***

 

            Las asistencias del Samur se llevaron a la mujer. Nadie, ni la poli ni los A.T.S., repararon en la pantalla encendida del ordenador. A lo mejor la madre del niño sí, y su voz se hubiera esfumado por eso.

           

            "¡Lo has conseguido, baby!", titulaban unas letras con caracteres góticos en la pantalla. Puede que cuando ella entrase en la habitación para despertar al niño, la garganta de su hijo aún no se hubiera congelado del todo.

            Después, el silencio.

            Para siempre.

            Bastará con desenchufar.

 

            Game over.       

 

 

 

                                                  Luis Illana Bengoa       

           

24 Juli

CUENTOS DE VERANO

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SIN TIEMPO PARA PEDIRLE CAMBIO AL REVISOR

 

   Se oyó el silbato de aviso y las puertas se cerraron.

            Alba se había quedado mirando a ese chico tan guapo, completamente embelesada, mientras el vagón enfilaba por el túnel y el bollycao desaparecía.

            Sonrió al techo, ausente, mordiéndose pícaramente el labio inferior. Entonces, sólo entonces, cuando tímidamente parpadearon las luces y por un segundo se encendieron las de emergencia, se percató de que se había quedado sola.

            Sola con aquel hombre de la bolsa de deportes. La más grande que jamás había visto, de color negro con los remaches y las costuras moradas. El tipo la sujetaba entre sus piernas como si de un perro lazarillo se tratase. ¿Sería un obrero?. Tal vez, aunque esa bolsa, ¡caray!, era demasiado grande. Más bien pasaría por la de un tipo que vendiese abalorios de marroquinería. Y sin embargo, o no llevaba muchas cosas ahí dentro o estaba vacía.

            El hombre calzaba unas Nike, muy gastadas, blancas con el boomerang en rojo. Subiendo, calcetines deportivos, unos vaqueros beiges rematados por un cinturón negro de hebilla enorme de herradura , y camiseta de franela, a cuadros, bermellones y grises.

            Alba vestía el uniforme de la escuela; según ella, el absurdo, pijo, infantil y patético uniforme de falda tableada a lo escocés, camisa blanca y jersey azul. Pero sin duda lo peor, lo más degradante para una “bakala” eran esos horribles calcetines azules llegándole casi a la rodilla y los zapatones gorila negros. Muy especialmente los calcetines, que le daban ese aire de Lolita cursi aniñada. Deseaba fervientemente terminar ese maldito curso pues al año siguiente la dirección del colegio ya no obligaba a llevar uniforme. Claro que hasta ese momento había que tragar. En su casa todos alucinaban cuando la niña, los fines de semana, dejaba su pinta de niña buena en el armario para ponerse aquellas minifaldas de vértigo, medias de red y  botas altas.

            Se fijó en sus brazos. No parecía muy fuerte, pero tampoco delgado. Quizás hiciera deporte y en la bolsa llevase la ropa del gimnasio, aunque le seguía extrañando su gran tamaño. Con el traqueteo del vagón sobre las vías, esa línea hasta Arganda duraba una eternidad. Tal vez fuese guardia jurado, ¡sí justo!, como el hermano de Leticia, que iba a todas  con su inseparable bolsa, aunque no tan grande... Claro que en el colegio pasaba igual, unas llevaban el carrito de las narices para los libros, y otras, como ella, que  con una carpeta llena a reventar y un bic azul les sobraba. Pero cómo pesaba la puñetera. La forraba a principio de curso con fotos de DJ´s y jugadores de fútbol. Alba jugaba con el elástico de la goma mientras observaba a su acompañante.

            El tipo la miraba también.

            Con sus ojos hundidos y vidriosos, obscuras las cuencas alrededor. ¿Por qué se notará tanto el cansancio en los ojos?, pensó la chica. Con el dedo corazón de su mano derecha tamborileaba en el reposamanos de sky colorado.

            Alba miró de reojo a sus piernas, pero la falda estaba en su lugar. No enseñaba más que lo inevitable. Quizás las monjas ignoraban lo atractiva que puede resultar una quinceañera en uniforme, con las pantorrillas al aire. Sonrió y miró de nuevo al techo. El seguía mirando; no fijamente, en plan baboso, como algunos viejos, pero no dejaba de hacerlo. Vaya, qué fastidio. Aún queda un poco para llegar a Arganda y ...

            El tren frenó.

            Las ruedas chirriaron. Las luces de emergencia parpadearon otra vez. Se escuchó un resoplido fuerte y agudo, otro más, hasta que, de golpe, tanto que de no ir bien sujeta se habría caído, el tren se detuvo. Chasqueó con la lengua. Estaba bien fastidiada. Llegaría tarde a casa y su padre no era de los que se convence con facilidad; siempre pensaba mal. Se vio reflejada en los cristales de enfrente, con el crepúsculo tornándose obscuridad del otro lado.

            Y el silencio.

            ¡No!. Había algo..., sí, el martilleo de los dedos de aquel hombre en el reposamanos. Entonces, ya de forma más descarada, los ojos de Alba se encontraron con los suyos, marrones, con venitas rojas, acuosos. Tenían una brizna de misterio, melancolía, o quizás se la imaginara tal vez porque su hermana mayor siempre la insistía con el sermón de desconfiar de los desconocidos. Aquel tipo llevaba las mejillas exageradamente afeitadas, con algún arañazo de la hoja incluido, y más abajo de sus labios gordezuelos y carnosos, en el mentón, unos granitos de acné. Pasaría de los cuarenta, aunque sin embargo, el pelo corto, con las sienes bien dibujadas, y las patillas rectas y largas, le daban cierto aire juvenil..., si no fuera por aquellas gafas de cristales gruesos y cuadrados que lo estropeaban todo.

            De pronto sí que se hizo el silencio de verdad.

            El tipo dejó por fin el golpeteo. Mejor porque Alba estaba empezando a desesperarse. Sin embargo, seguía mirándola. Incluso, por un instante, le pareció que sus labios temblaban en un gesto de pena. O quizás, tratase de disimular un bostezo, ¡quién sabe!.

            No aguantó más.

            Se levantó, fue hasta la puerta, tratando de adivinar qué podía estar pasando. No vio ningún semáforo en rojo ni nada por el esti...¡Se sobresaltó!.

           

            - Atención señores viajeros, atención señores viajeros - la megafonía se escuchaba como la voz de esos enfermos de garganta, metálica, robotizada -. A causa de una bajada en el fluido eléctrico nos hemos visto obligados a detener la marcha. Será sólo por un par de minutos más. Inmediatamente proseguiremos hasta la estación de destino. Muchas gracias y disculpen las molestias.

 

            “Joder con las molestias” -susurró-, las del coleguita vendiendo “La Farola”, el que ofrece kleenex a la voluntad, los gitanos con el acordeón, los portugueses, los rumanos, los argelinos (todos de Bosnia, Sa_ra_je_vo), uno de Cáceres que sale de la cárcel un viernes sí y otro también, los latinoamericanos cantando “Moliendo café”, y no sé cuántos más.

 

            Volviendo a su asiento se dejó caer en él . Suspiró. Miró la hora. Se pasó la lengua por esa molesta llaguita que le estuvo fastidiando toda la tarde, y que le iba a dar guerra al menos por dos días. ¿Habría Listerine en casa?. La cabeza funcionaba deprisa justo cuando menos ganas se tienen de pensar. Los exámenes, a ver cómo se las arreglaba para que sus padres le dejasen volver a casa lo más tarde posible ese fin de semana, el paquete de tabaco que un día se lo descubrirían, los chicos, otra vez los chicos...

            Al fin volvió a sonar el silbato. El vagón se balanceó, suelto el freno de mano, y cansinamente reanudó la marcha con ese “chas-chas-chas” tan característico. La chica buscaba la excusa perfecta, aunque no se la tragaran en casa, pero había que encontrarla. ¡Ah!, hace unos días, su tío Gabriel comentaba los fallos eléctricos que ya se estaban haciendo una costumbre en esa línea de Metro. Quizás la verdad podría ser lo mejor aquella vez, aunque...

            Cuando el tren alcanzaba su máxima velocidad, las luces se apagaron.

            Nuevo sobresalto. Hasta un "¡ay!" se le escapó. Y eso que no era una chica miedosa, pero es que aquella vez ni siquiera se encendieron las bombillas de emergencia. Ella, con su acompañante, se quedó en la más completa oscuridad. Por las ventanillas tan solo las luces lejanas de las urbanizaciones rasgaban tímidamente la noche. Chas-chas-chas. Alba, en un gesto instintivo de autoprotección, cruzó ambos brazos sobre su pecho. Mal hecho. Se le resbaló la carpeta de las piernas y fue a parar al suelo. Ronroneó una maldición que sólo ella escuchó, acordándose de todos los padres de los maquinistas, las taquilleras, los del ayuntamiento, los... chas-chas-chas. ¿Por qué algunos días se empeñan en querer terminar mal, fastidiándolo todo? Como si no hubiera tenido ya bastante. Y su padre no le iba a creer, seguro, vamos, como si no le conociera. Incluso podrían castigarla sin salir el sábado, y eso que se prometía histórico pues ese chico de la disco de...

            Chas-chas-chas.

            ...de la disco. Ese que tan bien baila el...

            Chas.

            Se agachó un poco tanteando el suelo...¿dónde caería la maldita carpeta?.

            ¡Volvió la luz!.

            Ahhh, ahí estabas...mierd

            Su cabeza giró bruscamente hacia arriba.

            Delante  estaba aquel hombre, sonriendo lasciva, grotescamente. Y su mano derecha alzada, con un martillo de goma dura. El brazo descargó un solo golpe. Su frente sonó como cuando se parte en dos una piedra pedernal.

            Por un segundo su mirada siguió viva, atenta al hilillo de sangre que cayó como un cuajarón tiñéndole la visión del ojo izquierdo. La boca abierta plena de sorpresa. Al instante, todo se nubló. El interruptor hizo “clic” y ya no hubo nada más.

 

            Poco después, las puertas del metro se abrieron. Un centenar de zombies, en aquel ritual que se repite a diario, salieron camino de los tornos. Nadie reparó en aquel tipo en concreto. ¿Por qué iban a hacerlo?. ¿Qué tendría de especial un cuarentón gafotas cargando una bolsa de deportes, enorme eso sí...?. Ni siquiera el esfuerzo de cargar en su cara atraería la atención de nadie.

            Saliendo del metro, tomó la primera bocacalle a la izquierda, zigzagueó por una plazuela y se perdió en las sombras.

 

 

Luis Illana Bengoa  

 

 

 

 

13 Juli

CUENTOS DE VACACIONES

                 

          vamp80

 

                               NO TE ACERQUES AL MATAMOSCAS

 

         Se acabó el tiempo. David fue recogiendo los dibujos que habían hecho los niños sin dejar de sonreírles. Era su primer test y aquella sonrisa de anuncio televisivo pretendía transmitir serenidad (aunque luego le temblasen las piernas).

         Algunas niñas le devolvían la sonrisa y él correspondía con un..."¡bonito dibujo!"..., pero lo cierto es que no se fijaba en ninguno especialmente. Hasta que llegó al de aquel rubito. Fue sólo una impresión, únicamente eso. Aunque después, en el autobús, no pudo esperar a llegar a casa.

         Abrió el portafolios y rebuscó nerviosamente entre los papeles hasta dar con él. El tiempo pareció detenerse. Cuando el conductor le alertó de la última parada del recorrido, pegó tal bote en su asiento que algunos dibujos se le cayeron. En cambio, había uno que sostenía fuertemente en las manos.

 

                                                          ***

 

         En la universidad había estudiado cientos de dibujos, tests de manchas y experimentos por el estilo. Había descubierto burradas del tamaño de un transatlántico cuando tal o cual tipo, preguntado por lo que veía tras una mancha negra, inconexa y vulgar, no se cortaba en responder: "¡Está clarísimo: un perro pequinés comiéndose su propia mierda!".

         Pero como el dibujo de ese niño..., no.

         Después de cenar se encerró en la habitación de su casa que hacía las veces de despacho. Encendió la lámpara de su mesa y allí se quedó un buen rato. Mirándolo.

         Absorto.

         Preguntándose si no sería tan solo la broma estúpida de un niñato repelente. Pero no obtuvo respuesta. O no encontró otra que le convenciera más.

         Esa noche le costo mucho trabajo dormirse. Soñó que se encontraba allí dentro, en el papel, formando parte del dibujo. Cuando quería escapar, su cuerpo se quedaba pegado al folio como un insecto en esos papeles pegajosos matamoscas.

 

                                                          ***

 

         Al día siguiente telefoneó a primera hora al director del colegio. Comprendió, después de colgar, que a aquel tipo la psicología infantil se la traía floja. Que cumplía con los dictados del Ministerio y punto. Le fue imposible llegar a su verdadero objetivo: conseguir el número de teléfono de los padres del niño.    ¿Cómo serían de verdad?.

     ¿Por qué si los demás niños y niñas habían dibujado escenas típicas, normales y corrientes de la vida en familia, el tuvo que pintar "eso"?  Papá y mamá sentados frente al televisor cogidos de la mano. El hermano mayor sacando al perro. La hermana haciendo los deberes o...  Lo de casi siempre.      Menos "eso".  Tenía que hablar con el chico y nadie se lo impediría de montárselo bien.

 

         Una tarde le esperó a la salida del colegio. Se aseguró de que nadie de su familia hiciese lo mismo. Y cuando iba a cruzar la acera, le abordó.

 

         -Hola. ¿Te acuerdas de mí?.

 

         El niño se sobresaltó y, por un momento, borró de su rostro esa expresión gélida impropia de su edad que le acompañaba en cada gesto. Luego sonrió, mirándole de arriba a abajo con esos dos cubitos de hielo azul.

 

          -¿Ah, sí!  Usted es el de los dibujos. ¿Qué le pareció el mío?  ¿Le gustó?

          -¿Pues..., te digo la verdad?

           -Si quiere...

          -La verdad es que me sorprendió. ¿Por qué lo pintaste?

    

         El niño se encogió de hombros y pareció como si no tuviese cuello.

 

         -Usted nos dijo que dibujásemos algo que pasase todos los días en casa.

         -Así es -quiso sonreír pero no podía-.

          -Pues ahí lo tiene. ¿No le gustó?

          -¿Y a ti?  ¿Te gusta?  ¿Y a tus papás?

 

         El chiquillo vaciló un poco, torciéndole la cara para otro lado. De pronto,  echó a correr hacia el autobús. Justo cuando el semáforo cambiaba de color.

 

         -¡Ya lo creo! -le chilló en plena carrera, sonriendo como un ratón-. ¡Está bien sabro…!

 

          Las hojas de la puerta del bus se cerraron de golpe. Hay circunstancias para las que nadie te prepara en la Facultad. Debía  hablar con los padres. ¡Su estúpido espíritu profesional se lo pedía a gritos! ¡Ah, la curiosidad! ¡La dichosa curiosidad!.

         ¿Pero cómo se las iba a arreglar para conseguir su dirección?.

 

                                                          ***

 

         Llegó a casa muy cansado, prometiéndose que por esa noche daría vacaciones a "su" querida familia de papel. Pero en la cama...volvieron las pesadillas.

         Allí estaba de nuevo, sentado, con las manos pegadas a aquel feísimo mantel de flores. ¡Helado de terror!

 

         Nunca había agradecido tanto la chicharra del despertador. Y eso que estaba empapado en sudor y los brazos le dolían como si se hubiera pasado la noche retorciéndolos en el aire, luchando contra misteriosas  presencias.

         Se lavó la cara con agua fría y luego se afeitó. Buscó en su armario, eligió una camisa y empezó a vestirse. Mientras se anudaba la corbata..., las imágenes y las preguntas retornaron, igual que unos vecinos pesados. Pero un sonido en su estómago le recordó que era de carne y hueso. Los rincones de la mente podían esperar. Su desayuno, no.

 

         Se había preparado un plato lleno de pan de molde para embadurnarlo con mermelada y mantequilla. También un cuenco de leche bien caliente y zumo de naranja. Le gustaba desayunar tranquilo, sin agobios de horario. Lo peor era ese horrible mantel de flores de colores chillones.

         ¿Pero en qué estaría pensando cuando se lo compró?

         ¿De flores?

 

     (...demasiado tarde...)

    

         Las risas llenaron la cocina.

         El se quedó petrificado en la puerta.

 

         -¿No va a sentarse a desayunar? -dijo aquel tipo. Estaba en el dibujo. Su vivo retrato-.

         -Acompáñenos, señor de los dibujos. Está usted en su casa, ji, ji.

 

         David clavó los ojos en su "adorado" rubito de ojos azules, mientras el niño se metía algo en la boca. Parecía un ojo de calamar, aunque quizás no... . Y lo sorbió haciendo un sonido que ya no pudo sacárselo de su cabeza jamás.

 

         -Estamos deseando que comparta la mesa con nosotros   -le aseguró la mamá con una sonrisa dentífrica tan afilada que le recordó inmediatamente la boca de una hiena-. ¿Nos hará el honor?

 

         Había una niña también, algo mayor que su hermano, pero no habló en ningún momento. Tenía sus mandíbulas ocupadas en lo que David prefirió creer que eran…

         Y lo peor, en un rincón de la cocina, parapetado tras una especie de mini-bar, apareció el director del colegio. El cómplice perfecto de aquella locura siniestra.

 

         Los gritos del psicólogo rompieron la aparente tranquilidad de la mañana, recordando el dibujo que le había robado el sueño. Ahora lo sostenía el director al tiempo que le mostraba sus dientes cariados. En ese instante por fin reconoció al comensal que, en el dibujo, trinchaba la pierna del bebé.

 

         La gastronomía le interesaba más que la psicología.

 

 

                                                          Luis Illana Bengoa

 

        

 

 

 

 

02 Juni

BEFORE THE DAWN (Judas Priest)

 

 

  rosaazul

 

Before the dawn, I hear you whisper
In your sleep "Don't let the morning take him"
Outside the birds begin to call
As if to summon up my leaving

It's been a lifetime since I found someone
Since I found someone who would stay
I've waited too long, and now you're leaving
Oh please don't take it all away

It's been a lifetime since I found someone
Since I found someone who would stay
I've waited too long, and now you're leaving
Oh please don't take it all away

Before the dawn, I hear you whisper
In your sleep "Don't let the morning take him".

http://es.youtube.com/watch?v=K5ht976rNNQ

 
AC / DC  
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